En lo más profundo del bosque, en un claro que la luna iluminaba entre los árboles, un anciano tallaba un trozo de madera. Sus manos estaban raídas por el frío, el dolor y el paso del tiempo. Envuelto con una capa negra refugiándose del viento, enjuto, se encorvaba sobre su pieza mágica. Aún sin forma física pero con un diseño preciso en su mente, con el vaivén de sus manos y la extraña habilidad de sus manos gastadas, el pedazo de madera se iba dejando moldear.
Un silbido lejano y agudo acompañó a un remolino que jugueteó durante unos segundos alrededor del anciano antes de desaparecer. El anciano pareció no inmutarse pero sus ojos brillantes a la luz de la luna observaron con detenimiento el baile del viento junto a él. Y sus manos, automáticas, tallaban sin prisa pero sin perder la cadencia. Como cada noche, en el mismo claro, entre los mismos árboles, el remolino sibilante merodeaba alrededor del anciano como susurrándole mensajes privados, palabras ocultas, y tardaba en marcharse lo mismo que la misma nube que cada noche ocultaba levemente a la luna para darle todo el protagonismo al viento. Y desaparecía. Desaparecían, la nube y el viento.
Cuando el anciano volvía a poner la vista en su talla de madera sin percatarse de la esclavitud de sus manos asidas a su navaja, tan vieja y gastada como sus manos, pero no tan dolida por el paso del tiempo, la escultura estaba prácticamente terminada. Como cada noche, los últimos retoques los daría de camino a la cabaña oculto bajo su capa y guiado por el sendero que sus propios pasos hicieron con los años.
Y al llegar a casa, una noche más, el anciano cuyas manos revelaban el paso del tiempo y cuya mirada delataba la ausencia de un amor sin concesiones, abría un gran y poderoso armario que ocupaba toda la pared de su salón. El anciano no necesitaba muebles, electrodomésticos modernos o decoración alguna carente de significado. Le bastaba con contemplar a diario el interior de ese gran armario, cuyas robustas baldas sostenían sin esfuerzo cientos y cientos de reproducciones idénticas del rostro de una joven tallado en madera. Distintos tamaños, distintos colores por los distintos orígenes del material, pero siempre la misma cara, los mismos rasgos y la misma suavidad en los trazos. Miles de tallas exactamente iguales que el anciano había tallado con la misma precisión cada noche en un claro de luna, con la única referencia de su memoria y el remolino de sentimientos que todos y cada uno de los días acumulaba en su corazón, en su mente y en la comisura de sus ojos, con lágrimas que ya no eran capaces de salir pero que siempre estaban ahí recordándole la ausencia y el dolor que, a pesar de todo, nunca desaparecían.
Y el silbido del viento que cada noche le hacía compañía y que parecía recordarle, susurrándole despacito, que ella también le quería. Y que nunca dejó de hacerlo.
Palabras con palabras, puñados de sensaciones y algo de música
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miércoles, 14 de diciembre de 2011
martes, 27 de septiembre de 2011
Lonely
En el cartel colgado en la puerta se leía en letra cursiva "Señorita Davies". Observó el letrero durante unos segundos y pensó por qué se hizo llamar Señorita Davies y no mantuvo su verdadero apellido. Pensó que la gente del espectáculo necesita ese tipo de cambios cuando se forma una identidad en el mundillo. Más como catarsis personal que como verdadera estrategia comercial. Y no es que no le gustara que se hubiera hecho llamar a sí misma Señorita Davies, eso era una decisión de ella, es que para él la Señorita Davies era una completa desconocida. Era una mujer excesivamente preocupada por su imagen, por la opinión de los demás y con la agenda demasiado apretada como para pensar en lo verdaderamente importante.
Observó el letrero con no poca melancolía y aferró su mano al pomo de la puerta. No fue capaz de girar la mano instantáneamente, dudó. Había girado el pomo durante años, como una fiel rutina, dulce al principio, confusa después, a la que nunca había faltado. Ramos de flores, tartas, felicitaciones, regalos, o simplemente abrazos y besos, palabras de ánimo y miradas de complicidad y comprensión, que con el tiempo se fueron transformando y ya no sabía dónde habían quedado. Pero ella era feliz.
A través de la puerta escuchó su voz. Hablaba en voz bastante alta, quizá demasiado para su gusto, y de manera bastante airada. Aún con la mano asida al pomo, se aproximó un poco más a la puerta y trató de escucharla. A la Señorita Davies. A la verdadera, a la que se dejaba realmente ser ella misma cuando estaba sola.
Soltó el pomo de la puerta derrotado por la realidad y vencido por la amargura. Era como si de pronto girar el pomo y abrir la puerta ya no tuvieran sentido alguno. Miró nuevamente el letrero y lo maldijo para sí, conteniendo la rabia y con las lágrimas aguantando en sus ojos para no salir.
A lo largo de un angosto y oscuro pasillo, caminó sin ánimo arrastrando los pies y preguntándose cuándo la Señorita Davies había dejado de ser simplemente Ana.
Observó el letrero con no poca melancolía y aferró su mano al pomo de la puerta. No fue capaz de girar la mano instantáneamente, dudó. Había girado el pomo durante años, como una fiel rutina, dulce al principio, confusa después, a la que nunca había faltado. Ramos de flores, tartas, felicitaciones, regalos, o simplemente abrazos y besos, palabras de ánimo y miradas de complicidad y comprensión, que con el tiempo se fueron transformando y ya no sabía dónde habían quedado. Pero ella era feliz.
A través de la puerta escuchó su voz. Hablaba en voz bastante alta, quizá demasiado para su gusto, y de manera bastante airada. Aún con la mano asida al pomo, se aproximó un poco más a la puerta y trató de escucharla. A la Señorita Davies. A la verdadera, a la que se dejaba realmente ser ella misma cuando estaba sola.
Soltó el pomo de la puerta derrotado por la realidad y vencido por la amargura. Era como si de pronto girar el pomo y abrir la puerta ya no tuvieran sentido alguno. Miró nuevamente el letrero y lo maldijo para sí, conteniendo la rabia y con las lágrimas aguantando en sus ojos para no salir.
A lo largo de un angosto y oscuro pasillo, caminó sin ánimo arrastrando los pies y preguntándose cuándo la Señorita Davies había dejado de ser simplemente Ana.
lunes, 19 de septiembre de 2011
Childhood 1
Gabriel se encerraba en el armario de su habitación y con
una linterna se contaba los dedos de las manos y los dedos de los pies. Andrés,
su hermano mayor, siempre le había contado que por las noches los monstruos
salen del armario para llevarse a los niños que no duermen. Por las noches
aguardaba a ver alguno de esos monstruos que nunca llegaban y por el día se
encerraba en el armario para contarse los dedos de las manos y los dedos de los
pies. No hacía mucho que sabía contar, pero ya se le daba bastante bien. Sabía
contar las estrellas que se veían desde el jardín después de cenar, sabía
contar los lápices de colores que Andrés guardaba en su estuche rojo, sabía
contar los días que su padre salía de casa dando un portazo, las veces que su
madre se escondía en el baño llorando, y el número de moratones que su madre
coleccionaba por golpearse sin querer con los muebles del salón o con la
barandilla del porche. Nunca contó los gritos y golpes que se escuchaban al
otro lado de la casa en la habitación de sus padres, porque cuando eso pasaba,
Gabriel se encerraba en el armario de su habitación y con una linterna se
contaba los dedos de las manos y los dedos de los pies.
lunes, 3 de mayo de 2010
J'y suis jamais allé(e)
Soñé,
con los ojos abiertos soñé.
Que los cielos más cerrados se abrirían de un soplido.
Que los puentes no sólo conectarían espacios,
si no que unirían personas, mentes, inquietudes y deseos.
Soñé que las luces de los coches me enseñarían el camino más recto a la felicidad.
Que el vértigo que padezco nada tenía que ver con las alturas,
aunque sí con lo alto que quiero llegar.
Y soñé,
que los sueños se hacen realidad.
Dicen que "son tiempos difíciles para los soñadores",
asi que me guardaré mis sueños en una caja, y los sacaré y los limpiaré el polvo más adelante.
Cuando vengan tiempos mejores.
Mientras, seguiré coleccionando ilusiones.
con los ojos abiertos soñé.
Que los cielos más cerrados se abrirían de un soplido.
Que los puentes no sólo conectarían espacios,
si no que unirían personas, mentes, inquietudes y deseos.
Soñé que las luces de los coches me enseñarían el camino más recto a la felicidad.
Que el vértigo que padezco nada tenía que ver con las alturas,
aunque sí con lo alto que quiero llegar.
Y soñé,
que los sueños se hacen realidad.
Dicen que "son tiempos difíciles para los soñadores",
asi que me guardaré mis sueños en una caja, y los sacaré y los limpiaré el polvo más adelante.
Cuando vengan tiempos mejores.
Mientras, seguiré coleccionando ilusiones.
martes, 11 de agosto de 2009
Una hora más
(con permiso de Stieg Larsson)
"Irradiaba, al mismo tiempo, confianza en sí mismo y seguridad y que tenía el don de hacer que las mujeres se sintieran relajadas y sin necesidad de demostrarle nada. Acostarse con él no era ni incómodo ni complicado ni arriesgado, más bien estaba desprovisto de exigencias y resultaba eróticamente placentero"
Y así, como si nada, mirar a los ojos nunca fue lo mismo.
Ni recorrer la espalda con la yema de los dedos.
Ni enredarse los pies el uno con el otro con las sábanas como únicos testigos.
"Irradiaba, al mismo tiempo, confianza en sí mismo y seguridad y que tenía el don de hacer que las mujeres se sintieran relajadas y sin necesidad de demostrarle nada. Acostarse con él no era ni incómodo ni complicado ni arriesgado, más bien estaba desprovisto de exigencias y resultaba eróticamente placentero"
Y así, como si nada, mirar a los ojos nunca fue lo mismo.
Ni recorrer la espalda con la yema de los dedos.
Ni enredarse los pies el uno con el otro con las sábanas como únicos testigos.
viernes, 17 de julio de 2009
Fallin'
…y se detuvo en seco. Se le heló la sangre y se quedó paralizada. No supo reaccionar al ver su mirada clavada en sus ojos. Él, un hombre tan íntegro y tan seguro de sí mismo, sabía perfectamente a lo que ella venía. Y no tuvo más que mirarla fijamente a los ojos - como solía acostumbrar - para pararle los pies. Sabía de sobra que funcionaría y no se equivocaba. A su alrededor los tres hombres y la mujer de baja estofa no habían reparado en la presencia de la otra mujer, ni en los ojos sentenciadores del hombre. Sólo el humo de los cigarros adornaba esa imagen. Ella, que iba dispuesta a resolver sus asuntos, se vino abajo de nuevo, y como un perrillo con el rabo entre las piernas y ésta vez sí, la cara empapada en lágrimas, retrocedió sobre sus pasos y se marchó aceleradamente.
Él, miró su cigarro, miró a sus acompañantes y se quedó con la misma tranquilidad de siempre. Con la satisfacción del trabajo bien hecho. Aunque con la inseguridad de saber qué pasaría después. Se mordió disimuladamente la mejilla y le dio una calada a su cigarro.
La partida continuó como hasta entonces.
Él, miró su cigarro, miró a sus acompañantes y se quedó con la misma tranquilidad de siempre. Con la satisfacción del trabajo bien hecho. Aunque con la inseguridad de saber qué pasaría después. Se mordió disimuladamente la mejilla y le dio una calada a su cigarro.
La partida continuó como hasta entonces.
jueves, 25 de junio de 2009
We fall
Creía que nadie la miraba, que todo el mundo estaba distraído y que sólo ella estaba de verdad reflejada en el espejo. Así que, resuelta, y de una forma un tanto inesperada, se arremangó la falda y se levantó. Se acercó cuidadosamente al espejo y se observó a sí misma, vestida de gala para una ocasión que así lo merecía. Se miró a los ojos y descubrió que brillaban. Solo reconocía ese brillo en sus ojos de ocasiones anteriores, cuando estaba a punto de llorar. Y no pensaba que fuera a llorar. No lo sentía así. Aunque el nudo de su garganta y las venas marcadas en sus manos mientras agarraba la falda decían todo lo contrario. Mantuvo el gesto firme y seguro. Sereno y confiado y siguió mirándose a los ojos hasta que fue capaz de decirse a sí misma "sí". Sólo eso. "Sí". Cerró los ojos lentamente y una lágrima se dejó caer por la mejilla sonrojada por el colorete. Con los ojos aún cerrados y la diminuta lágrima haciendo brillar su piel de porcelana, se giró lentamente y se dirigió a la zona de fumadores. De repente todo estaba presente. Lo que ante el espejo estaba difuminado ahora se hacía notar, se veía con toda claridad. Y con decisión y rectitud se dirigió a la mesa más apartada, constituida por tres hombres trajeados y una mujer de baja estofa. Atravesó el salón haciéndose notar de una manera tan sutil que todos miraban pero nadie comentaba la jugada. Tres pasos, dos, uno...
martes, 9 de junio de 2009
Pen and notebook
Teniendo en cuenta que no sabía muy bien si hacía frío o calor, que todo le parecía un poco más oscuro de lo normal, y que los zapatos le quedaban grandes, se quedó sentada mirando a través de la ventana y simplemente observó cómo las nubes se iban cerrando y amenazaban con empezar a descargar agua en pocos minutos.
Se miró los pies y las uñas de los pies. El color rojizo del esmalte estaba empezando a descascarillarse. Movió lentamente los dedos como queriendo desentumecerlos. Con las manos apoyadas en la cama y con la postura de un niño retorciendo las piernas, dejó caer el pelo sobre la cara.
No sabía si reír o llorar. No sabía si gritar era la manera indicada en aquel momento de romper el silencio. No sabía si quedaba papel higiénico ni si comprar una barra de pan o dos para comer. Ni sabía por qué extraña razón había decidido pintar la habitación de rojo. Ni por qué tenía que hacerse mayor ni por qué tenía que sonreír a la gente que no le caía bien. Ni entendía que el espejo del ascensor fuera amarillento y todas las mañanas le dibujara más ojeras de las que tenía, ni que los días tuviesen solo 24 horas. 24 horas en las que la mayoría de las cosas que pasaban eran del todo incomprensibles para ella.
No entendía nada. Ni quería. Solo quería mirar por la ventana y esperar sentada, con el pelo sobre la cara y las piernas retorcidas a que, de un momento a otro, empezara por fin a llover.
Se miró los pies y las uñas de los pies. El color rojizo del esmalte estaba empezando a descascarillarse. Movió lentamente los dedos como queriendo desentumecerlos. Con las manos apoyadas en la cama y con la postura de un niño retorciendo las piernas, dejó caer el pelo sobre la cara.
No sabía si reír o llorar. No sabía si gritar era la manera indicada en aquel momento de romper el silencio. No sabía si quedaba papel higiénico ni si comprar una barra de pan o dos para comer. Ni sabía por qué extraña razón había decidido pintar la habitación de rojo. Ni por qué tenía que hacerse mayor ni por qué tenía que sonreír a la gente que no le caía bien. Ni entendía que el espejo del ascensor fuera amarillento y todas las mañanas le dibujara más ojeras de las que tenía, ni que los días tuviesen solo 24 horas. 24 horas en las que la mayoría de las cosas que pasaban eran del todo incomprensibles para ella.
No entendía nada. Ni quería. Solo quería mirar por la ventana y esperar sentada, con el pelo sobre la cara y las piernas retorcidas a que, de un momento a otro, empezara por fin a llover.
lunes, 18 de mayo de 2009
Fairytale
Una vez, hace mucho, cuando quise poner las cosas en su sitio, con el poquísimo valor y coraje que me caracterizan, cometí el peor error de mi vida. Si alguien leyera esto alguna vez probablemente mi vida llegaría a su fin, me perseguirían y terminaría ahorcado como el herrero. ¡Qué perjuicio habría causado él, si tan solo quiso ayudar a la señorita Harriet!. Desde entonces nada ha vuelto a ser igual. Hace ya mucho que callo y me ahogan las pesadillas cada noche, el silencio me atormenta y la luna me juzga una y otra vez.
Hace años, después de lo sucedido, decidí trasladarme a esta casa de mala muerte perdida en medio de la nada, rodeada de árboles donde los búhos no duermen ni de noche ni de día, y donde el vacío te devuelve la sombra de tu propia voz envuelta de temblores e inquietud. Pensé que aquí nadie me buscaría. Sin embargo, ayer, al volver de por leña, me topé con mi pasado, amenazándome en la puerta del cobertizo. Al ver aquella herradura posada sobre el tirador de la puerta comprendí perfectamente que ya no hay vuelta atrás: la caza ha comenzado. El herrero fue el primero. Ahora vienen a por mí. En milésimas de segundo lo que pasó aquella noche reapareció ante mis ojos y casi pierdo el sentido. No vi más que sangre, gritos y desconcierto.
Nunca he tenido valor para muchas cosas, pero tampoco para hablar. No sé cómo pude ser tan imprudente, cómo el instinto pudo sobreponerse a la razón, ni cómo me forjé este destino incierto casi sin querer. Nunca quise herir a nadie y menos sesgar la vida. Jamás. Ni siquiera al injusto y depravado de Lorens. Sigo pensando que fue un accidente, un desgraciado accidente, pero seguro que el Alcalde no piensa lo mismo y es por ello que sus secuaces no tardaron en buscar culpables. Siempre lo hacen, están en todas partes.
Y si alguien siente un dolor tan agudo como el de una bala atravesándole el corazón, ese soy yo. Que lo que ocurrió en aquel antro aquella noche no fue un acto de gallardía ni una demostración de poderío. Fue por defender su dignidad. Por mantener limpia su honra y su virtud. Que ni tan siquiera llegaba a los 16 y ya la iban a vender a precio de saldo. Y el insolente del Alcalde era el primero en aprobar tales arreglos. ¡Con sangre de su sangre! . Ella no se merecía aquello y, por salvarla, por cuidarla, todo salió mal.
Y no fui yo. Yo nunca he matado a seres humanos. Pero no puedo vivir con esta carga, ni con el temor de saber que me buscan por algo que no hice. Ya no hay vuelta atrás. Ella ya no está y mi estómago cada vez es más pequeño de no comer. Vivo en un sinsentido continuo encerrado en este infierno de cuatro paredes rodeado de falsa quietud en medio del bosque más lejano de la zona.
Aquella noche, en la taberna del pueblo, iban a venderla. Y no al mejor postor. A cualquiera de ellos. A quién quisiera desvirgarla por cuatro míseras monedas. Ella, tan inocente… Y el Alcalde presidía el acto, orgulloso él. Demasiado grande fue la repugnancia que me dio y todo se fue de las manos. Entre borrachos, indecentes y matones, todo se desbarató. De repente los disparos llenaron el salón y todo se precipitó. Ella sangraba sin parar, sufría espasmos y yacía inconsciente. Instintivamente miré al Alcalde y en su mano lucía segura una pistola que exhalaba humo. Entonces disparé a bocajarro, sin pensar y con los ojos cerrados. Siempre fui un cobarde y eso fue lo más bravo que he podido hacer en mi vida. Y aunque alguien yació muerto tras el disparo que salió de mis propias manos, no fue quien yo habría deseado en ese momento.
Ahora me buscan. Dirán que yo maté a la chica. No puedo ya ni con el silencio que guardo desde hace años ni con la tortura de no tenerla. Que no era más que una niña pero era lo más preciado del condado.
Si hubiera hablado aquellos días, pronto me habrían dado presa. Y ahora, que no he hablado aún, me van a matar de igual modo. Y sigo siendo igual de cobarde. Tan sólo puedo permitirme un acto más de valor.
Que Dios me perdone.
Hace años, después de lo sucedido, decidí trasladarme a esta casa de mala muerte perdida en medio de la nada, rodeada de árboles donde los búhos no duermen ni de noche ni de día, y donde el vacío te devuelve la sombra de tu propia voz envuelta de temblores e inquietud. Pensé que aquí nadie me buscaría. Sin embargo, ayer, al volver de por leña, me topé con mi pasado, amenazándome en la puerta del cobertizo. Al ver aquella herradura posada sobre el tirador de la puerta comprendí perfectamente que ya no hay vuelta atrás: la caza ha comenzado. El herrero fue el primero. Ahora vienen a por mí. En milésimas de segundo lo que pasó aquella noche reapareció ante mis ojos y casi pierdo el sentido. No vi más que sangre, gritos y desconcierto.
Nunca he tenido valor para muchas cosas, pero tampoco para hablar. No sé cómo pude ser tan imprudente, cómo el instinto pudo sobreponerse a la razón, ni cómo me forjé este destino incierto casi sin querer. Nunca quise herir a nadie y menos sesgar la vida. Jamás. Ni siquiera al injusto y depravado de Lorens. Sigo pensando que fue un accidente, un desgraciado accidente, pero seguro que el Alcalde no piensa lo mismo y es por ello que sus secuaces no tardaron en buscar culpables. Siempre lo hacen, están en todas partes.
Y si alguien siente un dolor tan agudo como el de una bala atravesándole el corazón, ese soy yo. Que lo que ocurrió en aquel antro aquella noche no fue un acto de gallardía ni una demostración de poderío. Fue por defender su dignidad. Por mantener limpia su honra y su virtud. Que ni tan siquiera llegaba a los 16 y ya la iban a vender a precio de saldo. Y el insolente del Alcalde era el primero en aprobar tales arreglos. ¡Con sangre de su sangre! . Ella no se merecía aquello y, por salvarla, por cuidarla, todo salió mal.
Y no fui yo. Yo nunca he matado a seres humanos. Pero no puedo vivir con esta carga, ni con el temor de saber que me buscan por algo que no hice. Ya no hay vuelta atrás. Ella ya no está y mi estómago cada vez es más pequeño de no comer. Vivo en un sinsentido continuo encerrado en este infierno de cuatro paredes rodeado de falsa quietud en medio del bosque más lejano de la zona.
Aquella noche, en la taberna del pueblo, iban a venderla. Y no al mejor postor. A cualquiera de ellos. A quién quisiera desvirgarla por cuatro míseras monedas. Ella, tan inocente… Y el Alcalde presidía el acto, orgulloso él. Demasiado grande fue la repugnancia que me dio y todo se fue de las manos. Entre borrachos, indecentes y matones, todo se desbarató. De repente los disparos llenaron el salón y todo se precipitó. Ella sangraba sin parar, sufría espasmos y yacía inconsciente. Instintivamente miré al Alcalde y en su mano lucía segura una pistola que exhalaba humo. Entonces disparé a bocajarro, sin pensar y con los ojos cerrados. Siempre fui un cobarde y eso fue lo más bravo que he podido hacer en mi vida. Y aunque alguien yació muerto tras el disparo que salió de mis propias manos, no fue quien yo habría deseado en ese momento.
Ahora me buscan. Dirán que yo maté a la chica. No puedo ya ni con el silencio que guardo desde hace años ni con la tortura de no tenerla. Que no era más que una niña pero era lo más preciado del condado.
Si hubiera hablado aquellos días, pronto me habrían dado presa. Y ahora, que no he hablado aún, me van a matar de igual modo. Y sigo siendo igual de cobarde. Tan sólo puedo permitirme un acto más de valor.
Que Dios me perdone.
domingo, 26 de abril de 2009
Propane Nightmares
Consciente de su aparente locura y de su irremediable ecléctica forma de ser, de repente, con sólo sentarse delante del ordenador y teclear lo que ella pensó que era un Desarrollo de su Psicoanálisis, dedujo que, con todo y con eso, era, posiblemente, una de las pocas personas felices sobra la faz de la tierra.
Y yo me alegro de eso.
Y yo, que a su lado no me siento ni la mitad de segura ni la mitad de fantástica, comparo mi fanatismo por su mirada y su forma de simplemente ser ella, con el tiempo que he perdido en pamplinas y no he profundizado en sus paranoias. En cualquiera de ellas.
Pero sé, que todo lo que me queda por ver, por aprender a leer en sus gestos y en sus sonrisas, lo que me falta saber de sus inquietudes y sus dolores de cabeza, de sus ambiciones y sus subidones, está por venir. Y vendrá.
Y cuando venga aquí estaré.
Que ya estoy aquí.
Y no me pienso ir.
Y yo me alegro de eso.
Y yo, que a su lado no me siento ni la mitad de segura ni la mitad de fantástica, comparo mi fanatismo por su mirada y su forma de simplemente ser ella, con el tiempo que he perdido en pamplinas y no he profundizado en sus paranoias. En cualquiera de ellas.
Pero sé, que todo lo que me queda por ver, por aprender a leer en sus gestos y en sus sonrisas, lo que me falta saber de sus inquietudes y sus dolores de cabeza, de sus ambiciones y sus subidones, está por venir. Y vendrá.
Y cuando venga aquí estaré.
Que ya estoy aquí.
Y no me pienso ir.
sábado, 25 de abril de 2009
The Fear
Miró una vez. No vio nada.
Miró otra vez. No vio nada.
Miró una tercera vez y los ojos de una bestia inyectados en sangre clavaron su mirada en él, con la ira y la frialdad de una espada templada en el mismísimo infierno.
Sólo pudo respirar aceleradamente y suplicar clemencia.
Miró otra vez. No vio nada.
Miró una tercera vez y los ojos de una bestia inyectados en sangre clavaron su mirada en él, con la ira y la frialdad de una espada templada en el mismísimo infierno.
Sólo pudo respirar aceleradamente y suplicar clemencia.
sábado, 18 de abril de 2009
Timing is crucial
Miró a su alrededor con la curiosidad de un niño y comprendió: todo estaba en calma. Los espejos reflejaban una imagen completamente nueva y bastante interesante, cuanto menos. Los perfumes que invadían sus sentidos no sólo eran incomparables sino que resultaban más que apetecibles. No había silencio, era imposible que lo hubiera, pero el ambiente que colmaba la estancia era de los más reconfortantes, sin duda. Una luz se dejaba colar tímidamente por debajo de la puerta haciendo su visión aún más agradable. Sin darse cuenta clavó la mirada en el infinito, dejando que la sonrisa que empezaba a aparecer moldeara esas arruguitas tan características en la orilla de sus ojos. Y en ese momento, si hubiera podido, habría detenido el tiempo.
jueves, 26 de marzo de 2009
Persona
Cuando quiera que suspiros entonces remedios de coca-cola. Que si llueve debajo del mar nunca hará tanto frío como entre los dientes del invierno. Recoge tus cosas, haz la maleta y desaparece entre las hojas de un sauce llorón. Que si llora es por algo pero su llanto no revienta los tímpanos de un niño que juega a las canicas. Lo intenta y no puede. Si acaso se cuela entre el mantel de la vecina y las sábanas de una monja, y va a parar a la orilla de tus dedos. Está prohibido quitarse el delantal y colgarse un saco de patatas. Los espaguetis, el parchís y las chapas. El conejo de la suerte preguntó ayer por qué la noche silbaba en Sí bemol y no contó con él para susurrar verdades. Encuentra el pañuelo donde ponía “es posible” y mételo en una botella. Si el sol lo quema, vuelve hacia atrás, llama a tu infancia y grita. Sin miedo. Con fuerzas. Sin rencores. Con aliento. Sin miedo. Y cuando quiera que suspiros, remedios de coca-cola.
jueves, 12 de marzo de 2009
Sálvese quien pueda
Enterrando los recuerdos que escribiste en mi memoria, de repente se volvió todo negro. Ni lo esperaba ni lo habría adivinado. Con mi música – como siempre -, con mi libro – como siempre -, con la agenda repleta de citas pendientes y el móvil cargado de palabras que nunca se llegaron a pronunciar. Y mirar por la ventana mi propio reflejo y a veces el de otra gente. Gente de dentro y gente de fuera. Gente de aquí y de allí. Gente de todas partes. Que va. O que viene. O que está demasiado dormida como para saber siquiera qué hace allí. Pero da igual. Entre párrafo y párrafo recuerdo el perfume que dejaste en mi piel y sospecho que no fue intencionado. O sí. Entre estación y estación me empano pensando que ese maldito grano me va a fastidiar el día y que igual el flequillo lo taparía si me lo dejara. El reflejo me delata y me muestra que sí está ahí. Y miro la hora y en solo 5 minutos te veré ahí esperándome. Como todas las mañanas. Como todos los días que has decidido formar parte de este trayecto que acerca mis sueños a tu almohada, pasando de puntillas por el estrés de la realidad. Como cada segundo que paso pensando que no me equivoqué al ponerte nombre dentro de mi colección de asuntos pendientes. Y que ya no lo eres. Y cuando te mire al bajar veré que ahí estás. Y el libro, la música, la agenda, el móvil, el grano y todo lo demás se esfumarán de repente y parecerá que nunca han estado allí. Pero eso será dentro de 4 minutos. De momento vuelvo a mirar: jueves, 11. Un día cualquiera.
Y ahí estás, entre ese mogollón de gente, como siempre, y con tu imperturbable mirada de ángel, como siempre. Se abren las puertas y….
Un chillido agudo me perfora los oídos como la más fina de las agujas. Y todo está oscuro y mis pensamientos huelen a quemado. Y no veo. Y no oigo. Y no siento. Y tengo miedo. Y golpes, frío y olor a quemado. Y dolor. Y no siento pero duele. Y lloro. No lo entiendo. Y grito. No sé qué pasa.
Y ya no pasa nada. Ya no hay música, ni libro, ni nada de nada. Y no estás. E intuyo que ya nunca lo harás. O quizá sea yo quien marchó. Quién tras el ruido quebrantó las citas pendientes y las palabras que nunca llegarán de verdad a pronunciarse. Y la agenda voló por los aires tras la explosión y la fecha que quedó marcada a fuego fue ese fatídico jueves. Ese fatídico 11. Ese 11 de Marzo.
Y ahí estás, entre ese mogollón de gente, como siempre, y con tu imperturbable mirada de ángel, como siempre. Se abren las puertas y….
Un chillido agudo me perfora los oídos como la más fina de las agujas. Y todo está oscuro y mis pensamientos huelen a quemado. Y no veo. Y no oigo. Y no siento. Y tengo miedo. Y golpes, frío y olor a quemado. Y dolor. Y no siento pero duele. Y lloro. No lo entiendo. Y grito. No sé qué pasa.
Y ya no pasa nada. Ya no hay música, ni libro, ni nada de nada. Y no estás. E intuyo que ya nunca lo harás. O quizá sea yo quien marchó. Quién tras el ruido quebrantó las citas pendientes y las palabras que nunca llegarán de verdad a pronunciarse. Y la agenda voló por los aires tras la explosión y la fecha que quedó marcada a fuego fue ese fatídico jueves. Ese fatídico 11. Ese 11 de Marzo.
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